Es curioso: en el mundo hispanohablante, el término “ludita” se usa mucho menos que en el anglosajón. Allí “luddite” es casi un meme, un insulto rápido para quien cuestiona la tecnología, quien se resiste a los avances de cualquier tipo. Aquí, en cambio, el término apenas ha calado, pese a estar en el diccionario histórico de la RAE desde 1891: https://www.rae.es/dhle/ludita. Pero precisamente por eso me parece interesante recuperarlo, porque trae consigo una historia que vale la pena conocer, y que sigue siendo tremendamente relevante hoy.
Ned Lud, que se supone vivió en un pueblo de Leicestershire alrededor de 1779, destruyó dos telares por haber sido reprendido en el trabajo y, cuando algo se rompía, en la zona se empezó a decir “lo rompió Ned Lud”. Pero su nombre pasó a ser un referente para los que, desde posiciones políticas, se convirtieron en saboteadores o destructores de maquinaria ante su avance imparable para sustituir a los humanos. Fue más tarde, entre 1811 y 1816, en las regiones textiles del norte y el centro de Inglaterra, cuando hubo cientos de episodios de destrucción de máquinas y asaltos a fábricas. España no se quedó parada y, aunque con retraso, también hubo destrucción de máquinas y fábricas, sobre todo en Alcoy y Cataluña desde la década de 1820, pero fue más tardía, menos masiva y más mezclada con conflictos políticos generales contra el capital, mientras el ludismo clásico inglés era “Muerte a las máquinas”.
Los luditas, que así se conoció a los que adoptaron el apellido de Ned como base para un movimiento más o menos desorganizado, no eran una banda de cavernícolas con alergia a la tecnología. Eran obreros textiles ingleses, altamente cualificados, viendo cómo un cambio técnico (las nuevas máquinas y el sistema fabril) reventaba su modo de vida y, sobre todo, su capacidad de negociar el precio de su trabajo.
No querían “parar el futuro”. Querían que el futuro no les pasara por encima. Así que poco que esté leyendo algunas noticias del mundo verá que cada semana nace una nueva versión de IA y que alguien acaba desarrollando un titular del estilo de “la nueva IA de nombre X hará que desaparezcan los trabajos de Y”.
Los nuevos Luditas usan photoshop, excel y powerpoint
Las profesiones amenazadas ya han sido proclamadas: los diseñadores, los dibujantes, los traductores, los contables, los creadores de contenido, los empleados de banca, los empleos de Amazon o los que ustedes se le puedan ocurrir, pero es evidente que este nuevo cambio está teniendo y va a tener un enorme impacto en el mundo laboral. Quien se ganaba la vida en telares tecnológicos puede ser sustituido en un suspiro.
Pero lo que no queda tan claro es la reacción que tendrá cada uno de estos grupos, de cada uno de esos individuos que vean perder su trabajo por la posibilidad de la adopción de la IA. Dado que se produce a niveles muy individuales, por ahora no hay organización en contra de la integración de la IA.
En una edición reciente les hablaba de una empresa que había despedido a empleados por la IA y les había vuelto a recuperar: el caso más citado es Klarna, que tras presumir de automatización en atención al cliente, terminó recontratando humanos por problemas de calidad. Klarna recontrata humanos tras sustituirlos con IA
Sobre despidos masivos atribuidos explícitamente a IA, hay un ejemplo reciente muy claro: Block (Square/Cash App) anunció un recorte de en torno al 40% (más de 4.000 personas) por el uso de “herramientas de inteligencia”, según su fundador Jack Dorsey, que en su día fundó Twitter. Block despide a casi la mitad de su personal debido a la IA
Pero hagamos un poco de política-ficción: imaginen por un momento que, de repente, un político valiente y con visión de futuro decidiera que un país como España necesitaba un 20, un 30 o un 50 % menos de funcionarios para poder funcionar, ya que podría automatizar gran parte de los procesos. Estoy convencido de que ahí entonces empezarían las grandes manifestaciones. Sin duda, podríamos tener el inicio de una variante ludita pero castiza, tengan en cuenta que me pilló de estudiante la época del Cojo Manteca, rompiendo máquinas en lugar de farolas. Quizás se sumaran a esta lucha los funcionarios de Hacienda, mis favoritos para la sustitución masiva ya que se trata con creces de la zona de la administración más tecnificada, con mayores recursos tecnológicos y, por tanto, más susceptible de ser sustituida en todo o en parte por Inteligencias artificiales y procesos de automatización. Me reconocerá que esta imagen le ha provocado un pequeño escalofrío.
Pero pongo ese caso, en el que estoy seguro se producirán reacciones “luditas”, para que seamos conscientes de que esto viene y, por mucho cariño que le tengamos a la Hacienda de todos y a sus queridos funcionarios, algo vamos a tener que hacer. Algunas ideas a vuelapluma.
Los políticos no entienden las revoluciones industriales
De hecho hay muchos que todavía usan el manual de Marx o Engels que ya eran reacciones tardías a alguna revolución industrial del XIX, y no ninguna de las recientes. Usan manuales de revoluciones caducas y se les ve el pelo.
Ahí tenemos el ejemplo de cierta política y cómo ha reaccionado hacia los que han creado las redes sociales, como territorio que ha roto la situación monopolística de control de los medios de comunicación por parte del poder.
Ahora andan a la batalla para intentar, o bien, prohibir los medios de comunicación abiertos a cualquiera, como son las redes sociales. También están tratando de ir contra las libertades, como estamos viendo dramáticamente en países como Inglaterra, donde hay gente condenada por tuitear su opinión sobre crímenes ajenos. Mientras que los autores de esos crímenes están en la calle, quien haya tuiteado reaccionando a los mismos ha podido pasar por la cárcel. Así están las cosas entre los que siguen teniendo a Marx y sus derivados en la cabeza.
Pero si esto lo hacen con la opinión, la libertad de expresión, qué no harán con lo que parece abocar a que millones de personas sean sustituidas primero por ordenadores, y luego por robots en las tareas más mecánicas.
Igual no nos estamos haciendo las preguntas adecuadas
En el debate público, “Ludita” va a funcionar como arma arrojadiza o como ejemplo. Y pronto estaremos en uno de los dos bandos. Estoy seguro de que servirá para señalar a cualquiera que pregunte o responda a estas cuestiones:
¿Quién gana con esta automatización?
¿Quién pierde?
¿Quién o qué decide el ritmo?
¿Quién se come el riesgo cuando todo falla?
Cuando la etiqueta aparezca, que les aseguro aparecerá, será ser porque alguien no quiere responder a esas cuatro preguntas. La tecnología como coartada moral: “si te preocupa, es que no entiendes”. Y asunto zanjado. Sinceramente, yo no tengo claras las respuestas a todas ellas, porque incluso las más modernas y sesudas posiciones políticas, tampoco las más antiguas y viscerales, van a servir para esta nueva fase.
Ludditas avant la lettre
En primer lugar hay que entender que aquel conflicto del XIX no iba de engranajes, no iba de telares. Iba de poder.
En términos modernos:
Desintermediación del oficio: el valor del artesano cualificado se devaluaba.
Cambio de reglas laborales: la fábrica imponía tiempos, disciplina y salarios.
Cambio de monopolios. Avances tecnológicos podían desbancar a compañías y procesos establecidos durante siglos.
Asimetría de negociación: el capital puede esperar o acelerar; el obrero no. Porque el banco al que el obrero le debe también cierra el círculo capitalista.
Sustitución de humanos por tecnología. De algo me suena esta situación.
Así que estamos todos involucrados y comprometidos. En las escuelas de negocio se explica el caso del cerdo y la gallina con respecto a unos huevos fritos con chorizo. La Gallina está involucrada, pero el cerdo está comprometido. +Algunos están jugando la baza moral de jugar a gallina, pero aquí todos vamos a poder pasar por la trituradora y acabar siendo chorizo. Todos comprometidos.
Cuando un sistema cambia de forma abrupta, el “mercado laboral” y “la industria” no son mecanismos neutros, aislados y elegantes. Es una negociación, una lucha, una pelea. Y salpica a todo: quién venderá cosas nuevas, quién se las venderá a los que salgan ganando o a los que pierdan su trabajo intelectual sustituido por una IA. Quién cubrirá la crisis de las hipotecas si no se pueden pagar por quienes ahora son predigitales. Qué tamaño tendrá cualquier mercado de consumo si, de repente, la industria alcanza su mayor capacidad productiva, pero no hay quien consuma al otro lado. Y, como en toda pelea, el que llega con la porra más grande (tradicionalmente el capital, los politicos, el monopolio incumbente o los propios sindicatos) suele imponer el relato. Pero es que ahora la porra no va a estar en las mismas manos que solía estar, y como el cerdo, aquí está todo el mundo comprometido. Todos.
La “innovación” no es el problema: el problema es quién se come la merienda
La discusión relevante no es si la máquina es “buena” o “mala”. Eso es infantil.
La discusión real creo que va a estar en torno a tres ejes clave:
¿Quién se queda con la productividad extra? Los marxistas que me lean ya se han respondido encima, pero piensen un poco más allá de lo asentado en el XIX.
¿En qué se traduce para el trabajador: mejor salario, menos horas o desempleo? ¿Y para las industrias, con menos potenciales clientes? Aquí nos metemos en territorios complicados de las tentaciones, recuerden lo de los inspectores de Hacienda de más arriba.
¿Qué hacemos con esas horas libres? ¿Cómo vivir con ese aburrimiento si se alcanzan soluciones ? ¿Y la desesperación de no tener trabajo si el dinero no acompaña?
Tax the machine
De hecho, en unas recientes declaraciones, Elon Musk hablaba de que la gente debía dejar de ahorrar para la jubilación porque, probablemente, las nuevas máquinas, los nuevos procesos y las nuevas inteligencias artificiales pagarían la subsistencia de los seres humanos. Es para ponerse a pensar en las implicaciones personales, pero también las económicas de un sistema que, de repente, no tiene que gestionar las inversiones de millones de personas que no quieren o no necesitan ya una pensión, porque se la pagan los “de metal y chips”.
Pero esto nos aboca a dos escenarios extremos.
Opción optimista: Cien años de vacaciones
¿Se imaginan un eterno sábado en el que no tener nada que hacer?. Eso pasaría si de repente las máquinas pagaran a los humanos. Lo que ya está planteándose y haría llorar a un Ludita. De crío leí la novela de “Dos años de vacaciones” de Verne y me encantaba pensar qué habría hecho allí. Estoy seguro de que algunos disfrutarían mucho de ello, pero quedamos los otros, los que estamos más activos en tareas diversas, que encontramos en el trabajo una remuneración que no pasa por el dinero, sino también por una satisfacción personal ante esfuerzos y retos.
Así que, en este escenario, seríamos los huérfanos de esta situación de eternas vacaciones. Igual estaríamos en una era estilo la campiña inglesa del XIX, yo desde luego elijo la Dehesa Extremeña, con rentistas dedicándose a la poesía y a escribir Sentido y Sensibilidad. Bucólico, pero no todo el mundo estaría ahí, y una civilización ociosa no siempre sale bien. Y no todos valemos para escribir como Jane Austen o las hermanas Brönte.
Además he leído suficiente ciencia ficción para empezar a pensar en el momento en el que un obrero de metal pensante, en lugar de comportarse como el Tío Tom, decide que ya está bien de servir a los humanos que tienen esclavizados a seres inteligentes.
Aquí es, también, donde me imagino algún millonario del ramo progresista ya estaría lanzando sus campañas para reducir población, porque muerto el problema, se acabó la cuestión. Y a vivir unos pocos con sus robots.
Opción terrorífica : el señor de las moscas
Si en dos años de vacaciones los jóvenes de 1888 daban ejemplo de entrega en su isla para esas “vacaciones”, en el Señor de las Moscas teníamos en contraplano de una sociedad caída de un avión, de nuevo unos jóvenes, que deriva en el salvajismo. La versión terrorífica. Millones de personas que aprovechan esa libertad, ese tiempo libre y esa falta de trabajo para lo peor.
O hay un escenario aún peor, siendo esclavos de la máquina.
También me imagino a los que ya hablan del Gran Reemplazo sin problemas, perdiendo pie cuando el reemplazo que viene son las máquinas y los recién llegados, provenientes de lugares donde hay más costumbre de quemar al que les engaña, se encuentren con que los que les atrajeron les dejan mirando a la pared.
Esto no va de derechas o izquierdas, va de darle una pensada al salto que vamos a pegar y lo que implica para la humanidad y para cada ser humano, empresarios incluidos. Incluso lo que supone para las ideas que teníamos en todo el espectro respecto a un mundo anterior.
Y va a ser la negociación más dura de la historia.
La historia del capitalismo industrial es, en buena parte, la historia de esa negociación. Con momentos decentes y momentos directamente salvajes. Pero esto ya no va a ser capitalismo, es otra cosa y los actores son distintos.
2026: IA, automatización… y el nuevo “ludita”
La IA promete productividad. Perfecto. Pero el reparto de esa productividad y el modelo adecuado no viene incluido en la caja. Y no queda claro que se va a hacer con los desechos del proceso, que resultan ser seres humanos.
Los luditas nos dejan una lección incómoda: la resistencia a la tecnología casi nunca es resistencia a la tecnología. Es resistencia a un reparto injusto del poder.
Así que la próxima vez que alguien use “ludita” para abrir o cerrar una conversación, desconfíe. Es probable que no esté defendiendo el progreso o no le haya dado una vuelta al tema como hemos hecho aquí. Y hay que pensarse el paso que hay que tomar en semanas, no en años.
La reacción del mes que viene será tarde.



"Qué tamaño tendrá cualquier mercado de consumo si, de repente, la industria alcanza su mayor capacidad productiva". Antes que quedarse sin consumidores, que efectivamente se van a quedar sin ellos, la gran bofetada se la van a pegar los Estados. Como historiador y conocedor del fenómeno ludita y de la evolución del capitalismo, me parece impecable todo el artículo, pero he echado en falta ¿como se van a financiar los Estados si no hay gente que trabaje y aporte? Desde el neolítico todo se basa en el "dinero" y su intercambio ¿eso es sostenible?